sábado, 24 de febrero de 2018

Visita guiada gratuita por el mundo apasiónante del siglo de los descubrimientos.


 El sábado, día 3 de marzo a las 11.00 horas, el investigador José María Rodríguez, realizará una visita guiada gratuita por la iconografía del siglo XV.


La Catedral de Cuenca no fue ajena al periodo histórico de los descubrimientos. Es en el siglo XV cuando se duplica su espacio interior al acometer las obras de ampliación de la girola y la trasformación de un progótico o un gótico de iniciación en un gótico puro en sus arquerías, transformándose por completo.
Fueron en esos arcos donde se ilustró la historia sagrada, historias bíblicas que el pueblo debería conocer al no tener los conocimientos necesarios para poderlos leer en los escasos libros existentes.
La Catedral de Cuenca se convirtió en un verdadero libro de piedra donde están esculpidos los animales del Nuevo Mundo que acababan de ser descubierto.
Un paseo por un mundo apasionante de la mano del propio investigador que descifró el contenido bíblico tallado en piedra y disfruta del emocionante mundo de la lectura de la imagen labrada en la misma arquería.

El pez globo, el cangrejo ermitaño, los armadillos, los indios americanos y un sinfín de detalles que contienen las arquerías góticas de esta Catedral única en el mundo que posee iconografía marginalista con la zoología americana que fue descubierta por nuestros conquistadores.

¡Te lo vas a perder! A las 11.00h en la Catedral de Cuenca.

Cuenca, 24 de febrero de 2018.

José María Rodríguez González. Investigador histórico.

Un signo y una señal de distinción


La Cruz es el signo universal del cristiano

Corría el mes de marzo y las hermandades se preparaban para su Semana Grande de Pasión en Cuenca. Se hacían Viacrucis y se convocaba a los feligreses a la oración y la mortificación para remisión sus culpas y pecados.
Cruz de la bajada a las Angustias. Cuenca

Ese día era especial porque mi abuelo me había prometido que iríamos al Salvador a ver como limpiaban y vestían las imágenes. Al entrar en la iglesia vimos como la gente se afanaba, cada uno en su labor y más bien parecía un hormiguero que una iglesia de culto. Delante de una imagen una señora mayor hacia un gesto extraño, varias veces sobre su pecho, eso me llamó la atención tanto que le pregunté a mi abuelo -¿Qué hace esa señora? – Es la señal de la cruz, - ¡Parece como si tratara de ocultarlo, como si fuera algo malo! –contesté. Has de saber que la Santa Cruz es la señal exterior del cristiano; es como la insignia y divisa de nuestro gran Rey Jesucristo, y con la que nos distinguimos de nos no creyentes.

Sentándonos en un banco sin respaldo que había cerca del altar, mi abuelo prosiguió explicándome: Los emperadores romanos tenían por señal o divisa un águila, los reyes de Francia la flor de lis, y nuestros reyes unos leones y castillos, y con esta insignia se distinguen los ejércitos y navíos españoles de los de otros países; del mismo modo hemos de hacer los cristianos con la santa cruz, insignia o señal de Jesucristo, nos hemos de adornar con ella para distinguirnos y sentirnos orgullosos de nuestra Fe.

Como cualquier niño las preguntas me fluían una tras otra. -¿Por qué es la cruz la señal del cristiano? – La cruz es la señal del cristiano, porque en ella nos redimió Jesucristo, me contestó mi abuelo. Sirve además para darnos a conocer como cristianos. Al hacer la señal de la cruz confesamos los dos principales misterios de nuestra santa religión, el de santa e indivisible Trinidad y el de la redención del linaje humano, y comenzó a enseñarme cómo hacerlo de verdad, sin avergonzarse.


Al signarse se hacen tres cruces, o una cruz tres veces, a saber: una en la frente, otra en la boca y otra en el pecho. Mira Josemari: para que sepas formarla bien, la de la frente significa al Padre, la de la boca al Hijo, y la del pecho al Espíritu Santo. Estas tres Personas divinas las nombramos expresamente al santiguarnos y bajando la mano desde la frente hasta la cintura, significando el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad bajó del seno del eterno Padre a las entrañas de la  Santísima Virgen María; y al pasar  la mano del hombro izquierdo al derecho, con lo que completamos la cruz, profesamos que el misterio de la Encarnación se hizo por obra del Espíritu Santo. Después se juntan las manos y esta unión representa la unión de las dos naturalezas divina y humana en una sola persona, que es Cristo. Las manos así juntas se ponen sobre el pecho o sobre la boca, para adorar la cruz que se forma con los pulgares de las dos manos, y dar testimonio de la profunda veneración con que creemos los grandes misterios que acabamos de significar.
Levantándome del banco donde estábamos sentados los dos, me acerque a la señora que seguía delante de la Virgen orando y estirándole del abrigo le dije: aprenda hacer la Señal de la Cruz sin vergüenza, acto seguido se la hice diciendo, en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Volviendo de nuevo donde seguía sentado mi abuelo.
Es la santa Cruz, en fin, un escudo que nos defiende de las envestidas de todos nuestros enemigos, y un arma ofensiva con que derrotar a todo el infierno. Voy a referirte algunos ejemplos.

Constantino, primer emperador que profesó públicamente el Cristianismo, oyó una voz que le decía: "Con esta señal vencerás". Así fue y tomó la cruz por insignia haciendo de ella su estandarte imperial, que se llamó "Lábaro", y conducidas por él las tropas, venció a Licinio y estableció pacíficamente en el mundo el imperio de Jesucristo, colocando la Santa Cruz hasta en la diadema imperial.

En la Vida de San Francisco Javier, se cuenta, que sin más armas que la Santa Cruz hizo huir espantados a una multitud de bárbaros que iban a prenderle, así te seguiría contando historias donde ha intervenido la Santa Cruz en beneficio de quien la hacia o portaba por eso es tan útil santiguarse con devoción cada día al levantarse de la cama, al irte a acostar, al salir de casa, al entrar y salir de la iglesia, y al iniciar algún trabajo corporal o espiritual.
De esta forma honrarás a Jesús, ahuyentarás al demonio y tendrás acierto en tus obras. Así quisiera que lo hiciesen los padres de familia, y que lo enseñasen a sus hijos, por ser éste el medio para que después lo practiquen. San Luis Rey de Francia practicaba esta buena costumbre al comenzar cualquier obra durante el día, se santiguaba y decía: "Así me lo enseñó mi madre".

Cuenca, 24 de febrero de 2018

José María Rodríguez González. Investigador histórico.

domingo, 18 de febrero de 2018

Pasión en hierro


El hierro vuelve a ser arte en la Catedral de Cuenca

Ayer fue inaugurada por el Sr. Obispo, D. José María Yangüas Sanz; junto con el Deán, D. José Antonio Fernández; El Presidente de la Diputación, D. Benjamín Prieto; el Ministro de Justicia, Rafael Catalá y otras autoridades locales, a las 18.00 horas de la tarde la exposición “Pasión en hierro”, obra de José Luis Martínez Gómez. Instalada en el Claustro de la Catedral. Será visitable de lunes a viernes de 10.00h a 17.00 horas, las sábados de 10.00h a 19.00 horas y los domingos 10.00h a 17.00 horas. En la Semana Santa tendrá horario especial. Los residentes en Cuenca podrán acceder gratuitamente con el DNI.


La obra es una alegoría a cada imagen, a cada paso de la Semana de Pasión conquense. En cada pieza se ve el amor y la delicadeza puesta, sin reparar en tiempo para dejar la obra lo más bella posible. Se ve su hacer en cada varilla, en cada chapa en cada perforación como si  Hefesto, dios griego del fuego y de la artesanía hubiera puesto su soplo divino. Digo esto porque es en el renacimiento donde se mira a los orígenes grecorromanos, como queda de manifiesto en la rejería de las capillas del siglo XVI. Es José Luis quien nos vuelve al siglo de la escuela de los herreros conquenses.

En José Luis, hoy hemos descubierto un nuevo Fernando Lemosín u otro Hernando de Arenas que trabajaran el hierro repujado con tanto acierto o un Sancho Muñoz que como ellos llega su obra al Templo Magno de la ciudad conquense.

Les invito que visitar esta magnífica exposición que se expone en el Claustro catedralicio.

Cuenca, 18 de febrero de 2018

José María Rodríguez González.

sábado, 17 de febrero de 2018

El sabor de contar con amigos que te hacen el camino fácil


Faltan palabras para agradecer al Aula Poética de Cuenca, a sus miembros y a su coordinadora Raquel Carrascosa, por el dedicar la tarde del lunes día 12 de febrero, en la sala Transparente de la Biblioteca Fermín Caballero, a mi persona. También me faltan palabras para expresar mi más sincera admiración por Miguel Romero, hombre ilustre que dedica su tiempo a la cultura y que hoy me brinda parte de su espacio en “La Tribuna”, refiriéndose a mí por el Homenaje que me brindaron los Poetas conquenses con sus poemas. Gracias a cuantos me acompañaron en la Biblioteca este día, que fueron muchos.
Coordinadora del Aula Poética de Cuenca Raquel Carrascosa y 
José María Rodríguez González

Con mis trabajos y mis investigaciones he disfrutado y disfruto, me gusta que se publiquen y que quede constancia para que en el futuro sea referencia de estudio para aquellas generaciones venideras que desconocerán todo este mundo del lenguaje de la piedra y de la catequética de la reja que nuestros antepasados dejaron para nuestra generación, que fue más afortunada y supo interpretar la lectura, llevando consigo al olvido del mensaje trazado en piedra que perdura por los siglos, hasta que alguien lo vuelve a la luz para ser comprendida y apreciada su enseñanza olvidada por siglos.
Miembros del Aula Poética

No busco la grandeza ni la admiración por el trabajo de investigación que realizo, sólo deseo que la gente que me escucha en mis conferencias y los primeros sábados de mes, en las visitas guiadas por la Catedral, lleguen a ver el lenguaje de la piedra que nos habla para seguir el camino recto de la Verdad y del Amor fraterno que la religión cristiana ha difundido y difunde para hacer de la sociedad gente mejor e integradora, que no se quede en el materialismo que no perdura y que sea el lenguaje de la palabra y del bienestar social el que impere en todos ellos como se expresa en la piedra callada de un gran templo que alberga lo mejor de cada época pasada.

Cuenca, 17 de febrero de 2018

José María Rodríguez González
Reseña en el periódico "Las Noticias de Cuenca" Semana del 16 al 22 de febrero de 2018



La Tribuna de Cuenca. Fin de semana del 17 y 18 de febrero de2018. nº 12.015


sábado, 10 de febrero de 2018

La fuente milagrosa


Festividad de la Virgen de Lourdes, 11 de febrero.

Durante la aparición del 21 de febrero, en unos instantes, pareció que la mirada de la Virgen iba recorriendo toda la tierra, y deteniéndose por fin en Bernardita, manifestó profunda pena. Conmovida la niña le preguntó: “Qué tenéis, Señora? ¿Qué haremos?” “Rogad por los pecadores”, contestó la Virgen.
El día 22, intimidado el padre de Bernardita por las amenazas del comisario de policía, prohibió a su hija que fuese a la Gruta. Obedeció la niña a pesar de la pena que tal mandato le causaba, pero después del mediodía, no pudiendo resistir al impuso que hacia la Gruta la arrastraba, acudió ella. Arrodillándose como de costumbre se puso a rezar, pero la Señora no apareció. Regresó a su casa presa del mayor desconsuelo, y el padre, apenado de verla tan afligida le levantó la prohibición.
A la mañana siguiente, reapareció la esplendente visión llena de belleza y atractivos, confió un secreto a la niña y le dijo después: “Ve a decir al señor Párroco que quiero me edifiquen aquí una capilla”.
El señor Peyramale recibió el celestial mensaje con interna emoción, pero respondió a la niña con acento de autoridad que no tenía por qué creer en sus palabras. “Antes de ocuparse de lo que la Señora desea, he de saber qué derechos tiene para dar tales órdenes: pídele alguna señal de su poder”. Deseaba el señor Peyramale que el rosal silvestre de la Gruta floreciese en febrero y según se verá, la Virgen se mostró ampliamente generosa.
Durante la aparición del 24 de febrero, se adelantó Bernardita hacia el interior de la Gruta caminando de rodillas, y por tres veces repitió la palabra “¡Penitencia!, ¡Penitencia!, ¡Penitencia!” Es que la Virgen también las decía y pedía por segunda vez que se rogase por los pecadores.
Al siguiente día confió la Virgen otro secreto a Bernardita, tras de lo cual permaneció largo rato silenciosa y luego dijo: “Vete a beber y lavarte en la fuente, y come de la hierba que crece cerca de ella”. Se dirigió la niña al Gave para cumplir la orden, pero la Virgen le dijo: “No vayas allí, no te he dicho que bebas en el río Gave, ven a la fuente que está aquí”. Y mostraba con la mano el rincón de la Gruta.
Bernardita escarbó la tierra con la mano hasta formar un pequeño hoyo, que empezó a humedecerse y se llenó de agua turbia. Venciendo su repugnancia bebió de ella y comió de la hierba que allí cerca crecía. (Era todo ello figurativo de la penitencia a que invitaba la Virgen a los pecadores).
Al día siguiente brotaba un chorro como un dedo y era el agua limpísima. Un mes más tarde deba aquella fuente cien mil litros diarios.
En el mundo entero se conocen ya las maravillas que ha obrado y obra incesantemente el agua milagrosa de Lourdes, y ni la medicina, ni la química han podido descubrir agente alguno natural al  que puedan atribuirle tan numerosos y estupendos prodigios.
Uno de los primeros favorecidos fue Luis Bourriette, cantero de Lourdes. Hacía unos veinte años que Bourriette había recibido graves heridas en la cara por la explosión de una mina. Iba perdiendo poco a poco el ojo derecho y en el momento a que nos referimos no distinguía con dicho ojo un hombre de un árbol. Cuando supo que en la Gruta de Lourdes había brotado el agua milagrosa dijo a su hija: “Vete a traerme del agua de la Gruta. Si es la Santísima Virgen la que la ha hecho brotar, le basta quererlo para que con ella me cure”. En cuanto se lavó el ojo enfermo con el  agua milagrosa, dio un grito de gozo, porque parecía que el aire se iluminaba a su alrededor, veía, estaba curado.
Poco después se encontró en una calle de Lourdes con el médico que le había asistido desde los comienzos de su desgracia. “Ya estoy curado –le dijo al verlo- replicó el médico –tiene usted una lesión orgánica que imposibilita en absoluto su curación”.
Y para comprobar lo que decía, arrancó el doctor una hoja de su agenda, escribió en ella algunas palabras con lápiz, tapó con una mano el ojo izquierdo de Bourriette, y le dijo con acento de triunfo: “Si puede usted leer esto, le creeré”. Bourriette, con el otro ojo hasta entonces inservible, leyó sin vacilaciones: “Bourriette tiene una maurosis incurable, jamás se curará de ella”.
“Eso es un milagro –exclamó el doctor estupefacto- es un verdadero milagro, mal que nos pese a mí y a la Facultad de Medicina. La verdad es que no me da ningún gusto, pero hay que someterse a la voz imperiosa de un hecho tan evidente y tan por encima de cuanto alcanza la pobre ciencia humana”.
Esa curación tuvo enorme resonancia en toda la comarca. Pronto se siguieron nuevos prodigios. Por virtud del agua milagrosa, María Daube, Bernarda Soubie, Fabián Barón, se levantaron repentinamente del lecho del dolor donde llevaban una porción de años agarrotados por enfermedades reconocidas como incurables.
El 2 de marzo llevó a Bernardita al señor Párroco otro mensaje de parte de la Virgen: “Quiere la Señora que se le construya una iglesia y que vayan en procesión a la Gruta”. Contestó el Párroco que lo pondría en conocimiento del señor Obispo a quien correspondía dictaminar en el asunto. En el ínterin, la Reina del cielo multiplicaba los prodigios. El 4 de marzo por la tarde, en la pobre morada de los esposos Bouhohorts, se moría de fiebre lenta un  niño de dos años, siempre enfermizo y mal constituido. El padre al ver los ojos vidriosos y la inmovilidad de los miembros y que ya no respiraba dijo a su mujer: “Ha muerto”. “No ha muerto- replicó la madre- la Santísima Virgen de la Gruta me lo va a curar”. Y cogiendo de la cuna el cuerpo inerte de su hijo, corrió a la Gruta y lo zambulló por completo menos la cabeza en el agua.
Los que presenciaron la acción tan temeraria lanzaron un grito de espanto y murmuraban indignados: “Esta mujer está loca”. “Quiere usted matar a su hijo”- le preguntaban todos.
“EL niño está ya muerto- decía algunos. Déjenla en paz, que  es una madre perturbada por el dolor”.
Al cabo de un cuarto de hora, sacó la madre a su hijo del agua y volvió con él a su casa. A la noche siguiente durmió apaciblemente, tomó alimento por la mañana y manifestó deseos de levantarse. Al otro día cuando la madre acudió a ver a su hijo, halló la cuna vacía. El niño se había levantado y andado por el cuarto trasteando gozoso y lleno de vida. “Cuidado que vas a caerte” – le gritó la madre asustada-. Pero no se cayó, sino que con paso firme fue a echarse en brazos de su madre, que le estrechó llorando de alegría.
El 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen, Bernardita preguntó por cuarta vez: ¡Oh Señora mía!, decidme ¡, os lo ruego, quién sois y cómo os llamáis”. Entonces la Virgen ¡, colgó el blanco rosario en el brazo derecho, extendió las manos hacia la tierra como para derramar sobre ella sus bendiciones, y con vos clara y llena de ternura y gratitud dijo mirando al cielo: “Soy la Inmaculada Concepción” y desapareció la visión.
Ya no vió Bernardita más que la rosa para siempre célebre de Massabielle, y a su alrededor la ingente multitud que la contemplaba ávida de sus novedades que debía dar la niña privilegiada, y primicias de las que de todos los pueblos y naciones habían acudir a aquel santificado lugar por la presencia de la Virgen.
Bernardita se hizo religiosa y tomó el nombre de María Bernarda. Murió santamente en el convento de Nevers el 6 de abril de 1879 y fue canonizada por Pío XI en 1933.

Cuenca, 11 de febrero de 2018.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

jueves, 8 de febrero de 2018

Segunda y tercera aparición de la Virgen de Lourdes


Para continuar con el relato pondré al día haré un resumen de lo publicado:

La Virgen de Lourdes es una de las advocaciones de María más veneradas en el mundo. Su historia comenzó el 11 de febrero de 1858 en Lourdes, Francia. Bernadette Soubirous era entonces una niña de catorce años, pobre e ignorante, pero muy devota de la Virgen. Un día Bernardita (Bernadette) fue a recoger leña al paraje llamado Massabielle con su hermana y una amiga, pero al tener que cruzar el río se quedó atrás debido a su delicada salud. Estaba cerca de una gruta cuando escuchó un ruido y sintió un viento. La sorprendió la aparición de una nube dorada y una mujer vestida de blanco. La mujer llevaba los pies descalzos y sobre cada uno tenía una rosa dorada. En la cintura llevaba una cinta azul ancha. En las manos, juntas y en posición de oración, llevaba un rosario.
Segunda y tercera aparición de la Virgen de Lourdes:


Siguiendo con el relato de lo sucedido diría que era difícil guarda el secreto para las niñas. La madre de Bernardita supo enseguida lo ocurrido en la gruta y le mandó que se lo relatara con toda exactitud lo que había visto. Preocupada su madre ante tan raro suceso prohibió a la niña volver a la gruta. Durísima era la prueba para Bernardita, porque un atractivo irresistible la impulsaba hacia aquel lugar donde había visto un rinconcito del cielo.

A fuerza de insistir logró le permitiesen volver a la gruta el domingo siguiente, era el 14 de febrero. Todo el vecindario estaba ya al corriente de la aparición del jueves. Después de misa mayor, Bernardita y una veintena de amiguitas con sus rosarios en la mano, acudieron a las rocas de Massabielle. Una de ellas llevaba a prevención un frasquito de agua bendita y decía a Bernardita, refiriéndose a la aparición: “A lo mejor es algo malo, hay que echarle agua bendita y si es el diablo se irá. Tú le dirás: si vienes de parte de Dios, acércate; si vienes de parte del demonio, márchate de aquí”.

En cuanto llegaron a la gruta, dijo Bernardita: “Vamos a rezar el rosario”. Arrodillándose las niñas empezaron el rezo. De repente el rostro de Bernardita se transfigura y exclama extasiada: “Mirad ahí está”. Pero nada veían las otras niñas. Le pusieron en las manos la botellita de agua bendita y ella se atrevió a rociar con el agua a la Señora y a decirle: “Si vienes de parte de Dios, acércate”. El resplandor de la Señora aumentó en intensidad, se inclinó graciosamente varias veces y se adelantó casi hasta el borde de la roca. Era tan amable, tan buena y tan bella, que Bernardita no se atrevió a añadir: “Si vienes de parte del diablo vete”.

En cuanto las niñas terminaron el rezo del rosario, desapareció la visión. Volviendo al pueblo para acudir a vísperas y el asunto de las apariciones fue la comidilla de toda la vecindad.

El jueves siguiente era día de gran mercado en Lourdes y se verificó la tercera aparición. Bernardita presentó a la Señora papel, tinta y pluma, pero ella sonriendo le dijo: “Lo que tengo que decirte no lo he de escribir; hazme solamente el favor de acudir aquí durante quince días”.

Os lo prometo” – replicó Bernardita. “Y yo –dijo la Virgen. Te prometo la felicidad, no en este mundo, sino en el otro”.

Acompañaban a la vidente en esta ocasión dos señoras de la ciudad, y le rogaron que le preguntara a la Virgen si la podrían acompañar los demás días: “Pueden venir contigo –replicó la Virgen, ellas y cuantas quieran. Deseo ver aquí mucha gente”.

El deseo de la Virgen fue atendido desde la mañana siguiente pues acudieron más de cien personas acompañando a la niña; a los dos días llegaron a quinientas los visitantes y luego fueron acudiendo por millares de toda la comarca. El 4 de marzo, más de 20.000 personas se juntaron en las orillas del Gave. Era natural que tales sucesos preocuparan al clero y que éste tomase cartas en el asunto para conocer la naturaleza y alcance de los mismos. Pero con el tacto y prudencia que siempre pone la Iglesia en tales casos, ningún sacerdote se hallaba con aquella multitud entusiasmada, que se agrupaba en torno a las rocas de Massabielle, pero el señor Peyramale, cura párroco de Lourdes, había encargado a algunos seglares inteligentes y buenos cristianos, le diesen cuenta día a día y hora por hora de cuanto allí pasaba, y mientras esperaba el momento en que se hiciese precisa su intervención, permanecía en prudente expectativa.

No imitaron esa circunspección las autoridades civiles, antes se apresuraron a dar su parecer que dada su significación de gente que se agrupaba, no podía ser otra que la de impedir aquella agrupación, pero por otro lado, en nombre de la libertad de conciencia no veían posible que aquellas manifestaciones de religiosidad, prohibir a aquellos creyentes, siempre en nombre de la libertad, ejercitar el derecho de rezar donde les pareciese oportuno y conveniente.

El procurador imperial, el juez de paz, el alcalde, el comisario de policía y otros varios, creyeron de su incumbencia dar la voz de alarma y ya desde la sexta aparición empezaron las persecuciones.

El historiador de estas apariciones, señor Lasserre, relata con donaire las múltiples habilidades, las chinchorrerías de toda clase, los interrogatorios, vigilancias, prohibiciones, amenazas y persecuciones ya abiertas, ya solapadas, de que fueron objeto la vidente y sus favorecedores. Pero todos aquellos esfuerzos sólo sirvieron para declarar mejor la verdad de las apariciones, su carácter sobrenatural y el triunfo rotundo de la Virgen de Lourdes.

Cuenca, 9 de febrero de 2018

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico

miércoles, 7 de febrero de 2018

“No explicable científicamente por las leyes naturales”


El milagro de la aparición de Ntra. Sra. De Lourdes.

Siempre he pensado en lo afortunada que fue Bernardita Soubirous por poder ver en persona a la Virgen María, pero también al mismo tiempo me estremece la gran responsabilidad que lleva consigo un hecho de esta categoría.
El 11 de febrero de 1858, la Virgen María se aparecía a la niña Bernardita Soubirous. Dieciocho veces fue el número de apariciones, en la gruta de Massabielle.

Decía Bernardita “Tan bella que cuando se la ha visto una vez, se querría morir para volverla a ver”. El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX había definido el dogma de la Inmaculada Concepción de María y un año después es la misma Virgen quien ratifica la advocación.  

¿Cómo fue todo este proceso de las apariciones y como llega la Iglesia lo reconoce como cierto y verdadero? Si me siguen estos días hasta el 11 que es la festividad tratare de contarlo lo más sencillo posible.

Comienza así el relato:
En la casita del pobre y honrado molinero Francisco Soubirous, vecino de Lourdes, no había leña para preparar la comida el jueves 11 de febrero de 1858, y Luisa, la hacendosa dueña de la casa, dijo a María, su hija segunda: “Vete a recoger leña seca por las orillas del Gave o en el bosque”. El Gave es el río que atraviesa Lourdes, tan famoso ya desde la citada fecha. Hacía mucho frío, el cielo estaba plomizo y encalmado el ambiente. La hermana mayor de María, se llamaba Bernardita, en esos momentos llegó del campo donde hacía de pastora en casa de unos buenos labradores. Era débil y delicada, sumamente inocente y sencilla, y toda su ciencia se reducía a saber rezar el rosario. Luisa Soubirous no se atrevía a dejarla salir a causa del frío, pero tanto insistieron su hermana María y la vecinita Juana Abadíe que al fin consintió en que las acompañara.

Caminando las tres amiguitas a lo largo del riachuelo en busca de leña, llegaron a eso del mediodía a una grupa natural excavada en la roca y conocida en el país con el nombre de Massabielli. No iba el Gave crecido, y Juana y María se descalzaron y lo pasaron. Se dispuso hacer lo mismo Bernardita para seguirlas, cuando le pareció oír a su espalda como un ruido de un viento huracanado que de repente se levantaba en la pradera vecina. Volvió instintivamente la cabeza y quedó sorprendida al notar que no se movía ni una hoja de los árboles que bordeaban el Gave. “Me habré equivocado” – se dijo, y siguió descalzándose.
Pero nuevamente llegó a sus oídos el ruido del viento huracanado, y al volverse otra vez Bernardita en la dirección de donde parecía venir, apagó en su garganta la exclamación que quiso salir de su boca, se puso a templar llena de emoción, se le doblaron las piernas y cayó de rodillas, puestos los inmóviles ojos en la celeste aparición que la deslumbraba. Encima de la Gruta, en un nicho natural de la roca, estaba de pie, envuelta en celestiales resplandores, una señora de belleza incomparable.

Desde el primer momento de su pasmo, echó la niña mano de su rosario y quiso hacer la señal de la cruz, pero no pudo levantar el brazo por el temblor que agitaba todo su cuerpo. Más la Aparición como animarla en su propósito, con dulcísima gravedad trazó sobre sí misma la señal sagrada y Bernardita, ya sin dificultad, la imitó y se puso a rezar el rosario.
No era la visión una forma vaga, tenía la de un cuerpo humano bien definido, era una persona viva, diferente de las demás por la aureola luminosa que la envolvía y por el resplandor como divino que de todo su ser emanaba. Era de mediana estatura y de juvenil aspecto y reunía en su persona el candor de la niña, la pureza de la virgen , la ternura de la madre y el respeto y majestad que producen la edad y la soberanía. Fluía de su rostro una gracia infinita, y de sus ojos azules y de sus coralinos labios parecían brotar a raudales la dulzura y la bondad.

La sencillez de sus vestidos, más blancos que la nieve, daba aún mayor realce a su magnificencia. Por bajo la orla de su túnica amplia y rozagante, aparecían los pies desnudos, entre cuyos dedos se abrían dos rosas bellísimas que brotaban de la rama del rosal silvestre que pisaba. En el talle ceñía un cinturón del más puro azul celeste anudado por delante con sencilla lazada que colgaba hasta más debajo de las rodillas. Se cubría la cabeza con un velo de inmaculada blancura que descendía en amplios y graciosos pliegues hasta tocar el suelo.
Tenía las manos juntas sobre el pecho y entre sus dedos iba desgranando las cuentas de un rosario, blancas y bellas como gotas de leche, pero no movía los labios. No rezaba propiamente, pero parecía invitar a hacerlo. Se diría que escuchaba el murmullo dulcísimo de la salutación angélica que de todos los ámbitos del mundo sube incesantemente a los cielos como suspiro amoroso, como doliente gemido, y como súplica llena de esperanzas y de anhelos.

Ya no sentía miedo Bernardita. Con los ojos fijos en la Señora iba rezando el rosario, y cuando lo hubo terminado desapareció la visión. La Virgen vestida de luz se eclipsó y subió a su trono de la gloria.
La escena que acabamos de describir, había durado un cuarto de hora, y no sabemos, porque la niña pudiese apreciar el tiempo transcurrido, sino habida cuenta de que pudo rezar una aparte del rosario. Vuelta a la realidad, se descalzó Bernardita y atravesó el río ¿No habéis visto nada? – preguntó a las dos compañeras, ¿y tú has visto, acaso, algo raro? – Interrogaron a su vez, al notar la turbación que mostraba Bernardita - “Si nada habéis visto, nada tengo que deciros” –replicó ella con tranquilidad-. Y recogiendo los haces de leña se volvieron para su casa. Despertada la curiosidad de Juana y María, acosaron a Bernardita con preguntas mientras se volvían, y al fin les declaró que había visto una señora hermosísima vestida de blanco, con todos los detalles de la Aparición, pero encomendándoles que no dijeran nada.

Cuenca, 7 de febrero de 2018
José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico

Historia contada según el libro de Festividades del año litúrgico. Editado en Zaragoza. 1945