domingo, 2 de agosto de 2015

El Moscas. El río olvidado de Cuenca

Un canónigo, un cangrejo, un niño y un río

Recuerdos de mi infancia navegan por mi mente, meses de estío en los que al despuntar el alba nos apresurábamos con las lamparillas a minar el río Moscas con la esperanza de hacer una buena nasa de cangrejos.

El río Moscas nace en el pueblo de Fuentes (Cuenca), tiene una longitud de unos 18 km y baña los términos de Las Zomas, Mohorte y La Melgosa, desembocando en el paraje del Terminillo de Cuenca capital. Antiguamente servía como lavadero de lana cuando Cuenca era uno de los principales centros textiles del país.

Cangrejo autóctono de los ríos de Cuenca
Parte de esta vega perteneció a mi familia hacia la mitad del siglo XX, desprendiéndose de ella a la muerte de mi abuelo, José María Rodríguez (El Baquerito). En mis años de niñez aún íbamos al amanecer con las lamparillas a pescar cangrejos.

La vega del río Moscas fue considerada un lugar agradable para el esparcimiento y la pesca del cangrejo. Aquí recibió su inspiración para escribir su epopeya “La Mosquera” el Canónigo de la Catedral de Cuenca, D. José de Villaviciosa, arcediano de Moya, inquisidor de Cuenca y primer Señor de Reíllo.

Como si estuviera ocurriendo ahora veo a D. José de Villaviciosa sentado a la puerta del lavadero de lanas de su dilecto amigo Pedro de Rávago, regidor perpetuo de Cuenca a quien dedicó su admirable poema épico burlesco, poesía de la ribera del río Moscas.

He de recordar, que en tiempos del Canónigo Villaviciosa, en el año 1615, el poema se imprimió por primera vez en Cuenca, bajo la dirección de Domingo de la Iglesia.

Según D. Antonio de Sancha, importante editor del siglo XVIII, en el prólogo de la edición de “La Mosquera” realizada en Madrid en el año 1777, nos habla de cómo era D. José de Villaviciosa: alto y grueso, bien proporcionado, de rostro sereno y despejado, de ojos vivos y negros y la nariz mediana y algo redonda.

Al canónigo le gustaba pasear por las frescas y apacibles riberas del Moscas y escuchar el murmullo cadencioso de las ondas del río. Recuerdo que a mí me gustaba tumbarme a la orilla para escuchar el ruido que hacía el agua y casi tocándola con la nariz, intentaba ver como los cangrejos andaban por el fondo del río.

El nombre del poema surgió del mismo río como lo indica en el canto primero que dice:

Y mi segunda patria y sin segunda

diga si su campaña menosprecia,

entre las dulces aguas en que abunda

con leves cursos y corriente recia;

la que sus campos fértiles fecunda;

el salado cristal que tanto precia

del río Moscas, grande en el provecho,

que a Júcar paga el caudaloso pecho.


Los  productos de la huerta del río Moscas gozaban de una merecida fama, calidad y sabor que, en los comienzos del siglo XVII, se atribuían al efecto del agua salada del río con la que se regaba las huertas de la vega Tordera. De ello hace referencia en otra estrofa que dice:

Con lento paso por su vega amena

los espaciosos campos fertiliza,

y su hermosa ribera colma y llena

de mil frutos sabrosos y hortaliza.


Al  moscas tiene Cuenca por remate

y adorno principal de su hermosura,

que con limpios cristales y salados

le da mejor los frutos sazonados.


Era de dominio público que en el mercado, las mujeres se interesaban por adquirir las verduras y hortalizas en los puestos de las hortelanas cuyas huertas estaban afincadas en la Alameda baja de Aguirre y en los márgenes de la reguera de Santa Ana, porque eran más sabrosas, cualidad que atribuían a que se regaban con el agua salobre del río Moscas.

Con esta intermisión histórico-poética he querido traer al recuerdo el río olvidado de Cuenca, porque en nuestra ciudad son tres los ríos que la riegan: Júcar, Huécar y Moscas.

Cerrando la disertación y sin querer hacerle competencia a D. José de Villaviciosa, pongo mi granito poético.  El Moscas de mi niñez” que lo escribí en 2012

Recuerdos olvidados del pasado,

que navegan con las aguas claras del río

recuerdo de infancia ocurrido

en tiempo de ocio y estío.


Mirar inquieto esperando,

la llegada del cangrejo de río

a la trampa mortal ignorando

el destino eminente, de ser cocido.


Tardes de campo y juego,

de trucha y cangrejo,

de familia y baños de río,

hacen del lugar recuerdos de niño.


José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico

Cuenca, 3 de agosto de 2015

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