miércoles, 19 de julio de 2017

No hay salvación sin cruz


Los principios de la difusión de la fe cristiana.

El punto de partida del cristianismo reposa sobre el misterio de la Resurrección. Este acontecimiento insufla a los primeros discípulos de Cristo, desanimados por la muerte ultrajante de su maestro, la fe y la energía necesaria para responder a la llamada del Resucitado: “Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt. 28, 19.20). Esta frase se reconoce la verdadera carta fundacional de la Iglesia.

Ateniéndonos a lo expuesto los encargados de extender la enseñanza de Cristo correspondió a los apóstoles designados por el propio Jesús.

Éstos fueron doce: Simón, a quien puso también el nombre de Pedro; Andrés, su hermano; Santiago (el Mayor) y Juan, Felipe y Bartolomé, Mateo Y Tomás; Santiago, hijo de Alfeo (el Menor), y Simón, llamado el Celador; Judas, hijo de Santiago y Judas Iscariote que fue el traidor (Lc. 6, 14-16). Después de su traición, este último fue reemplazado por Matías (Hch.1,26). A estos nombres hay que añadir los de Bernabé y Pablo, que recibieron la misión de evangelizar a los paganos (es decir, a los no judíos, llamados gentiles). Pablo, especialmente, que no había sido discípulo en vida de Jesús, y que incluso había luchado contra los primeros cristianos, se convirtió, después de su visión de Cristo en el camino de Damasco, en un evangelizador infatigable y fuera de lo común. Llamado el Apóstol de los Gentiles, fue el artífice principal de la expansión del cristianismo hacia el mundo griego, y su papel fue primordial en el nacimiento del cristianismo.

Estas primeras generaciones de cristianos fueron determinantes, llamado periodo apostólico, que terminó con la desaparición del último discípulo director de Cristo, hacia los años setenta. El martirio de Pedro y de Pablo en Roma se sitúa durante la primera persecución anticristiana desencadenada por Nerón, después del incendio de Roma en el año 64, y la destrucción del templo de Jerusalén se remonta al año 70.

Los apóstoles estaban revestidos del Espíritu Santo, es por ello que la tradición les concedió una importancia fundamental a sus acciones, relacionando, los escritos de los primeros siglos, con un apóstol particularmente o con alguno de sus discípulos directos.

A lo largo de la historia los apóstoles han sido representados en el mundo artístico con los atributos de su martirio. La pintura de todos los apóstoles la encontramos en la sala Capitular de la Catedral de Cuenca. Se trata de una serie de lienzos espléndidos, de gran tamaño. El orden en que están colocados es: A la derecha del Salvador tenemos  a San Pedro, San Andrés, San Juan, Santiago el Menor, San Bartolomé, San Simón y San Matías. A la Izquierda, San Pablo, Santiago el Mayor, Santo Tomás, San Felipe, San Mateo, San Judas. Todos ellos con sus correspondientes atributos y con el nombre en los pies del cuadro. Estos cuadros son atribuidos al pintor conquense Cristóbal García Salmerón, a excepción del cuadro del Salvador y San Matías que son atribuidos al pintor italiano Pedro Páez.

Si repasamos la historia veremos que los seguidores de Cristo no terminaron bien, no es sencillo seguir los principios enseñados por Él. Los primeros apóstoles fueron martirizados, San Mateo, sufrió el martirio en Etiopía, muriendo con una herida de espada. San Marcos, murió en Alejandría, Egipto, después de haber sido arrastrado por caballos por las calles hasta morir. San Lucas, fue ahorcado en Grecia como consecuencia de su tremenda predicación a los perdidos.

San Pedro, fue crucificado en una cruz invertida, así fue por que pidió a sus torturadores que era indigno de morir de la misma forma que su Maestro. Santiago fue arrojado al vacío desde más de cien metros de altura, desde el pináculo suroeste del templo, por negarse a renegar de la fe de Cristo. Al ver que seguía con vida después de la caída, fue golpeado hasta su muerte.

Santiago el Grande, hijo de Zabedeo, fue decapitado en Jerusalén. Bartolomé, también conocido como Natanael, fue misionero en Asia y Turguía. Fue martirizado por su predicación en Armenia, donde fue desollado a muerte por un látigo.

San Andrés fue crucificado en una cruz de forma de X en Patras, Grecia, después de haber sido azotado severamente y atados con cuerdas para prolongar su agonía. Cuando fue crucificado saludo a sus  martirizadores con estas palabras: “Durante mucho tiempo he deseado y esperado esta hora feliz”.

San Tomas fue atravesado por una lanza en la India durante uno de sus viajes misioneros. San Judas fue muerto a flechazos como se negó a renegar de su fe en Cristo. San Matías, fue apedreado y luego decapitado. San Pablo, fue torturado y luego decapitado por el emperador Nerón en Roma, en el año 67.

San Juan sufrió el martirio cuando fue puerto en un enorme cazo con aceite hirviendo, durante la ola de persecuciones en Roma; sin embargo, fue milagrosamente librado de la muerte. Juan fue condenado a vivir en la isla de Minas, en la Isla prisión de Patmos. Aun habiendo sufrido martirio fue el único que murió de muerte natural pero con las secuelas que le dejó el aceite hirviendo.

Cuenca 19 de julio de 2017

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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